08 diciembre, 2012

El hombre, el músico, el mito: John Lennon


Este es un pequeño homenaje a ese gran artista, de manos de otros grandes artistas del noveno arte (comic).







The invisibles No. 01/  Grant Morrison & Steve Yeowell




Fierro No.18 / Milo Manara

25 julio, 2012

Nulla dies sine linea


Paseaba en soledad, sólo eso podía hacer. Era extraño estar bajo un cielo nublado, de nubes negras. Sentía que habían pasado horas, no tenía certeza a ese respecto, pues no llevaba reloj. Parecía tarde, quizás lo fuera. De cuando en cuando se encontraba a su paso con personas breves. «Otros como yo» se decía con la convicción de quien  de antemano admite la soledad sin cortapisas. Estas gentes breves, compañeros de camino por un pequeño lapso, parecían más bien destellos. Ni siquiera recordaba sus rostros, pero tenía plena seguridad de haberlos visto a los ojos, intentando descifrar qué eran, porqué eran… ahí, en ese preciso y único momento del día, de la eternidad.
            Y luego están los lugares de paso. Destinos de ocasión, como si dijéramos, para pasarla un rato, pero no destinos en sí. Un destino es eso que buscas con afán, no tienes certeza de lo que será ni de cómo será, pero una vez que estás ahí, sabes que has llegado.
            Y te encuentras con cada gente. No parecen de este mundo, son gente imposible. Claro que no entablas amistad con todos, pues son personas de muy variado talante. Encontrarás la simpatía de una o dos, incluso te parecerá que han estado esperándote toda su vida, o tal vez llegas a creer que toda tu vida es un preludio a ese primer encuentro con lo otro, con ese otro.
            En cuanto a las pérdidas, seguro estaríamos perdiendo un valioso tiempo hablando de pérdidas. Todo lo que nos queda por descubrir no es gratis, sabes, tiene su precio: perder algo, a veces algo importante.
Pocos entienden la necesidad de la pérdida, lo que deviene en necedad al aferrarse. Es algo que nos acerca al yo real, el yo definitivo, ese que finalmente alcanzamos en la agonía del último instante.
La mejor forma de equilibrar la balanza ante una pérdida es atesorando instantes privilegiados; momentos efímeros que sólo quedan como una breve impresión en nuestra memoria, y a pesar de su aparente intrascendencia, serán lo que dé cuenta de una vida bien vivida.
La entropía. Se hará bien en temerla, pero tampoco hay que tomársela tan en serio, ni tan a la ligera. La entropía es ineludible, no se le evita, se le afronta. Tampoco hay que caer en la necedad de querer confrontarla. Tan sólo hay que lidiar con ella como se haría con un borracho necio a las tres de la madrugada. Siempre volverá por más, y entonces dirás: «pero qué más puedes querer de mí, si ya te llevaste mi juventud, mi salud, mi alma… déjame al menos esta monótona tranquilidad, esta rutina que con dificultad me permite respirar entre un ataque de ansiedad y el siguiente…» pero la entropía siempre vendrá por más. Y si ya no tienes nada, si realmente ya no tienes nada que perder, y óyelo bien, siempre hay algo que perder, pero si aún con esta advertencia aseguras ya no tener nada que perder, por qué carajos sigues respirando, suicídate de una maldita vez, o mejor aun, cambia este maldito mundo pues ya nada podrá impedírtelo.
Nos han otorgado un tiempo que no ha sido definido. La vida… esa es otra cosa, pues jamás fui un buen ladrón, así que no veo cómo…


J. S. Cainiz

17 julio, 2012

Un diálogo imposible


Este no era un gato de Cheshire, ergo, Alicia no le preguntó el camino para salir del lugar en que se encontraba. Pero si le preguntó esto:
─¿Qué debo hacer para salir de esta novela?
Pero el gato, que no era un verdadero gato de Cheshire, no le contestó.
Alicia pensó que era una descortesía que el gato no le respondiera y se fue ofendida. Lo que no sabia era que cualquier camino que tomara la llevaría al mismo sitio: el corazón mismo de esta novela.
En realidad su nombre no es Alicia, pero como su verdadero nombre no es tan apropiado para lo que sigue sólo llamémosla Alicia.
Hay ocasiones en las que está de más preguntar. Cosas ocurren, es inevitable prever las incómodas eventualidades. Sólo es menester situarse en un punto que no afecte el oscilar de la balanza. No hacer la diferencia jamás había estado tan ad hoc como ahora.
Aparece en escena un interlocutor capaz de sostenerle la mirada a Alicia.
─Te lo haré fácil. Podemos tener un dialogo imposible o podemos hablar de lo que sea.
─Esas no parecen opciones reales.
─Quién dijo que te daría opciones, dije que te lo haría fácil.
─Okey, hablemos de lo que sea, de cualquier modo terminará por ser un diálogo imposible. Pero por dónde sería bueno comenzar… no sé quién eres, no sabes quién soy, ese sería un buen punto de partida, pero ahora me encuentro demasiado cansada para una tediosa presentación.
─Suena justo, no diremos quienes somos. Únicamente nos ocuparemos de decir sin realmente decir.
─Lo que sea.
─¿Quieres saber cuál es el secreto del universo?
─Dime.
Dios es un concepto mediante el cual medimos nuestro dolor.
─¿Ese es el secreto? ─preguntó Alicia en tono irónico─, pero si sólo es el primer verso de una canción de Lennon, God.
─¡A por ellos!
─¿A por quienes?
─Es una expresión, Cari.
─¿Cari? ¿Por qué me dices así?
─Contigo no se puede, guapa ─dice el interlocutor sin nombre mientras la mira a los ojos. Contempla su expresión ausente, pero sabe que ella está por ahí, en algún lugar─. Lo que quiero decir es que se está a gusto contigo.
Ella no dice nada, hace una mueca que intenta parecerse a una sonrisa pero carece totalmente de encanto. Podría esforzarse y hacerlo mejor, un gesto gracioso, disimulado, como no queriendo.
─Pareces enojada con la vida.
─¿De verdad?, dime más ─al decir esto Alicia hace una breve pausa, pareciera que va a tomar aire, luego continúa, pero esta vez con gesto distraído y casi susurrando─ como si realmente me importara.
─No pareces convencida de lo que a primera vista pueda decir de ti.
─Me sostienes la mirada, eso sería bastante para muchos.
─Quizá bastante pero no demasiado.
─¿Cuál es la diferencia?
─Tener bastante es una cuestión de saciedad y tener demasiado asunto de sensibilidad.
─Por ahora te lo acepto, ya veremos si más adelante tu premisa se sostiene.
─¿Quieres decir que no crees que se pueda tener demasiado?
─No si tu pretensión es dar el mismo énfasis que Rimbaud.
─El qué.
─Aquello de: ¡he tenido demasiado!
─No. Esa no es mi pretensión ─dijo con aire abatido el interlocutor sin nombre.
─Claro, Rimbe lo dice con hastío, «j’en ai trop pris», tú en cambio, intentas lanzar un grito de júbilo, algo así como que alcanzaste el orgasmo.
─Saciedad, sí.
─Ese es el problema de leer traducciones, el problema con todo.
─Incluso la alteridad.
─Especialmente la alteridad.
─Y qué es lo que hacemos… imposibilitados para realmente conocernos.
─Ese es tu problema, yo no tenía la menor intención de iniciar el contacto.
─¿Y por qué atendiste a mi pregunta inicial?
─Porque me miraste a los ojos… y creíste mirarte en ellos.
El interlocutor sin nombre se queda callado. No puede disimular el de pronto sentirse incómodo. Ella ya lo ha descifrado, y él ni siquiera está cerca. Ella es un enigma.
─¿Serías mi esclavo? ─dijo Alicia con la mayor naturalidad, como si pidiera una taza de café, o pidiera que se llevaran la mantequilla y mejor le trajeran mermelada para untar en su tostada.
─¿Qué?
─Lo que oíste, no me hagas repetirlo.
─¿En que consistiría que lo fuera? ¿Habría un contrato de por medio? ¿Tengo que responderte en este momento?
─Eres cobarde, pero me gusta tu actitud.
─¿Es malo que sea cobarde?, es decir, ¿eso me quita puntos contigo?
─Es malo si lo eres pero te engañas creyendo que no lo eres.
─A veces nos engañamos.
─¿Crees que soy bella?
─Sí.
─¿Crees que siempre lo seré?
─Por supuesto.
─Te engañas… y me haces perder mi tiempo.
─Yo sólo quiero conocerte, saber un poco de ti.
─Qué te puedo decir, tengo 23 años y algo de suerte para atraer a las lesbianas, y por cierto, no soy lesbiana, aunque a veces pienso que preferiría ser hombre, pero de ser así te aseguro que andaría con hombres; fumo cigarrillos incluso en la ducha; hace poco empecé a escuchar a los Pixies y me gustaron, en serio, creí que sabía de música, pero cuando me los recomendaron comprendí que había mucho más en la vida; soy egoísta, muy egoísta, no tienes idea; ya no tengo gatos, el último que tuve me engañó fingiendo su muerte, todavía no me repongo de eso; en ocasiones duermo doce horas, mi meta es dormir dieciséis horas al día; no creo en el alma y me gustan las explicaciones que la ciencia da al por qué de las emociones; las preguntas que me hago son del tipo ¿qué haces cuando estás solo y no duermes?; cuando me despido de alguien o salgo de algún lugar nunca volteo hacia atrás─. Luego de decir esto, Alicia guarda silencio un momento y agrega─. ¿Alguna otra cosa que quieras saber?
─Tu número de teléfono.
─¿Qué quieres de mí?
─Quiero saber más, quiero saberlo todo, quiero darte mi alma y que tú compartas un poco de la tuya conmigo.
─Qué absurdo. Además, te dije que no creo en el alma.
─No importa. Lo que para mí es el alma, cómo decírtelo para que me comprendas… es ese algo que te hace ser quien eres y no alguien más, no es algo que se pueda explicar o se pueda decir si está en algún lugar especifico en nuestro interior, quizás ni siquiera necesites preguntártelo, sólo creer que hay algo.
─¿Esa es tu definición de alma? Prefiero seguir atenida a la vulgaridad de la materia.
─Tal vez fui demasiado romántico en mi definición, olvida todo eso, lo que para mí es el alma para ti puede ser equivalente a la voluntad, ¿posees una voluntad, no es cierto?
─Claro que la poseo, pero a veces prefiero dejarme llevar.
─Y por qué no dejarte llevar conmigo.
─No lo sé, sigo dudando de tus intenciones.
─Temes que no sea honesto.
─Por el contrario, lo que temo es que estés convencido de tus palabras.
─Lo que quiero es ayudarte.
─Conque quieres ayudarme, yo no te he pedido ayuda, ni creo necesitarla.
─Tal vez no pidas ayuda, pero te hace falta algo.
─Supongamos que me hace falta algo y no estoy diciendo que así sea, dudo que tú puedas dármelo.
─Nueva estrategia. ¿Eres Feliz?
─Define felicidad.
─No voy a caer en la trampa. ¿Tienes la vida que quieres? ¿Desearías que las cosas fueran como tú quisieras que fueran?
─Las cosas no tienen por qué ser como uno quiere, ¿cierto?
─Cierto.
─Te haré daño, si te quedas conmigo te haré daño, y terminarás resentido, odiándome, y querrás vengarte.
─No, no lo haré, cómo podría odiarte.
─¿Es que no lo ves? No te convengo.
─No sabes lo que me conviene, ni siquiera sabes lo que te conviene, no sabes lo que quieres.
─Sé lo que no quiero.
─Eso no basta.
─Para mí sí.
─No te creo
─¿Qué diablos quieres de mí?
─Ya te lo dije, quiero ayudarte.
─No, no te creo. Déjame en paz.
─No te voy a dejar en paz.
─¿Qué chingados quieres?
─Ya te lo dije… ayudarte.
─Sabes qué, yo me voy ─dice Alicia en un tono de completo fastidio, da media vuelta, está a punto de irse, el interlocutor sin nombre la sujeta del brazo, con suavidad, sólo para hacerle saber que no la dejará ir, ella intenta zafarse, y entonces él la sujeta con más fuerza, pero no la lastima, eso la hace reaccionar─. Está bien, te escucho.
─¿Qué ocurre contigo? ¿Alguien te lastimó mucho en el pasado? ¿Puedo hacer algo por ti sin que sientas que lo hago con una doble intención?
─No es como tú crees. No eres el problema, lo que quieres hacer por mí no es el problema, bueno, no del todo. Has sabido ganarte mi confianza, te contaré la verdadera razón.
─¿El origen de tú tristeza?
─No precisamente… algo por el estilo.
─Te escucho.
─Es… cómo decirlo… son mis sueños, tengo extraños y terribles sueños. Despierto y aun creo estar en mis sueños, necesito de unos minutos para reajustarme a la realidad y cuando eso ocurre olvido lo que había soñado. Un día me quedé dormida, no sé de qué iban mis sueños, y cuando desperté me encontraba aquí, en este lugar, en esta vida, no sé explicarlo, pero creo que este es un sueño.
─¿Quieres decir que todo esto es un sueño, que yo no existo y que tú eres una extensión de tu ego y nos estás soñando?
─Quizás. Pero también pienso en la posibilidad de que este es el sueño de alguien más y eso me perturba aun más.
─Y el problema con que quiera ayudarte, es acaso porque crees que esto no es real, o peor aun, que yo no soy real.
─Por el contrario, sé que eres real, no me preguntes cómo pero lo sé.
─Entonces… ¿cuál es el problema?
─No lo entiendes. No puedo confiar, sé que eres real, y te has portado de lo mejor conmigo, como nadie lo ha hecho en mucho tiempo, pero tengo miedo.
─Sólo ha de ser un poco de paranoia.
─Paranoia dices. No me entiendes, no sé por qué creí que entenderías. Mejor me voy.
─Espera, te propongo algo, empecemos de nuevo, finjamos que no hemos tenido esta conversación, finjamos que acabamos de vernos y volvamos a empezar.
─Ya es tarde para eso.
─Nunca es tarde, no mientras estemos aquí y ahora.
─O en otro lugar, mañana y a la misma hora.
─En serio, podemos hacerlo.
─No se puede, ya lo he intentado, todo salió mal.
─¿Y entonces? ¿Qué es lo que va a pasar?
─¿Qué quisieras que pasara?
─¡Ahora tú me preguntas!
─¿No te parece divertido?
─¿El qué?
─Esto, seguir aquí sin llegar a ningún sitio.
─Veo que te has puesto de buen humor. Será acaso porque me has hecho olvidar el ofrecerte ayuda.
─Vuelves con lo mismo. Contigo en verdad no se puede. No entiendes. No has comprendido nada de lo que te he dicho. No quiero ayuda, es peligroso.
─¿Por qué es peligroso?
─Porque la necesito.
─No comprendo.
─Claro que no comprendes.
─Ayudame a comprender.
─Eso intento, pero te cierras demasiado. Está bien… hmmm… ya está, lo tengo. Tú quieres ayudarme, pero yo no quiero tú ayuda, ni la de nadie. Sé lo que puedes hacer por mí: Ayúdame a no necesitar ayuda.
─Eso ya lo había escuchado antes, es como un verso de Alejandra Pizarnik: ayúdame a no pedir ayuda.
El interlocutor sin nombre no sabe qué pensar. Esta chica, Alicia ─él no sabe que la llamamos así─ lo ha llevado más allá del desconcierto. Incluso comienza a dudar que todo esto realmente esté ocurriendo. Piensa: «si realmente esto es un sueño, entonces nada importa».
Se arma de valor, el interlocutor sin nombre se arma de valor y toma por el talle y la nuca a la desconocida que llamamos Alicia. La inclina hacia atrás y la besa como si la vida le fuera en ello. Ella responde de la misma manera.
─Eso era lo que quería desde el principio, pero tú tenías que darle tantas vueltas al asunto ─dijo Alicia algo agitada y con el rostro encendido. En algún lugar, a lo lejos, se escucha I’m Only Sleeping de The Beatles, con sus guitarras en reversa.
─Pensé que…
─Ese es tu problema, piensas mucho. En lo que sí tienes razón es en eso del aquí y ahora. Todo lo que tenemos es el instante presente, al menos como una vaga intuición que recuperamos una y otra vez, cada que nos detenemos a pensar en lo que fue, pero hay quienes voltean demasiado hacia atrás, y eso no es saludable.
─Rehusarse a aceptar ayuda tampoco es saludable, por cierto, ¿cuál es tu excusa?
─Siempre he desconfiado de la bondad de los extraños ─dijo Alicia guiñándole un ojo a su interlocutor y cerrando el libro.



J. S. Cainiz

10 julio, 2012

Si a saturno vas no. 13


Ya puedes descargar el no. 13 de "Si a saturno vas" en owlstudio.blogspot.

18 junio, 2012

Clark Nova




Agente William Lee:
Los poderes a los que ambos servimos exigen resultados. Como sabemos por los recientes reportes que nos has enviado desde Interzona, tuviste éxito para contactar al doctor Benway, y desentrañar el componente clave de la carne negra, pero es imperativo que no te duermas en tus laureles agente Lee.
El siguiente paso es disponer de un cuerpo de élite del gran ciempiés para una vivisección a fondo. Como bien sabes, agente Lee, las mujeres conforman esta especie tan peculiar y elusiva a todo intento de comprensión. Se requiere que redactes tu reporte a toda velocidad, en clave de “memoria involuntaria”, y no te preocupe el toparte con otros agentes como Molloy o Moran, quienes representan a la perfección su papel de dobles agentes del absurdo; ni ellos mismos saben que para encontrarse a sí mismos sólo hace falta dar vuelta a la hoja. En cuanto a las mujeres, esas pequeñas hembras en apariencia humanas, infiltradas en el planeta como si fueran de la misma especie que el hombre, toma las debidas precauciones agente Lee, ellas se servirán de las más viles artimañas para envolverte. No caigas ante sus ardides, recuerda que lo más importante es tu reporte, más importante incluso que tu propia vida.
Descríbelo todo agente Lee, el más mínimo detalle es fundamental.



03 enero, 2012

Cuento Papini

Les pongo el cuento que veremos este miércoles en clase.


YA NO QUIERO SER LO QUE SOY
por Giovanni Papini



Y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
SANTA TERESA

Hace tan sólo diez horas que me he dado cuenta de mi horrible condición. Hasta hace diez horas no sabía todavía lo que de más horrible puede haber en el mundo. Creía ser desde hace algunos años un doctor en terribilidad. Había probado, pensado, imaginado, soñado, todo lo que hay, que habrá, que podría haber, de más pavoroso, de más atormentado, de más estremecedor, de más monstruosamente y alocadamente angustioso. Sabía las ansias de las esperas nocturnas; la desesperación de los últimos besos; los temblores de las apariciones silenciosas; los delirios de las pesadillas; los sobresaltos de los relojes invisibles que laten en la noche de las horas eternas; los espasmos de los suplicios imposibles; los gemidos exasperados de las almas sin asilo; la fiebre errante de los coloquios demoníacos. Pero no sabía todavía la cosa más terrible que puede haber en el mundo; no conocía el suplicio último, el suplicio supremo. Hace sólo diez horas he tenido la revelación, y me parece ya que han pasado muchas dinastías por la tierra y muchos soles han dejado el cielo.
Procuraré tener calma. Me esforzaré por ser claro. Elegiré la fórmula más limpia, más simple, más natural: Me he dado cuenta de que no puedo no ser yo mismo. Me he dado cuenta de que nunca podré —nunca, ¿comprendéis?—, que nunca podré dejar de ser yo mismo.
Tal vez no me he explicado bastante. Yo quisiera cambiar. Pero cambiar en serio —¿entendéis?—, cambiar completamente, enteramente, radicalmente. Ser otro, en suma. Ser otro que no tuviera ninguna relación conmigo, que no tuviese el más mínimo punto de contacto conmigo, que ni siquiera me conociera, que no me hubiese nunca conocido.
¡Los cambios y las renovaciones de risa o en broma los conozco desde hace mucho tiempo! Se trata de em-polvamientos, de desocupaciones, de enjalbegaduras. Se cambia el mapa de Francia, pero la habitación sigue siendo la misma; se cambia de sitio los muebles, se cuelga con pequeños clavos un nuevo cuadro, se añade una estantería de libros, un sillón más cómodo, una mesa más ancha, pero la habitación es la misma; siempre, siempre, inexorablemente, la misma. Tiene el mismo aire, la misma fisonomía, el mismo clima espiritual. Se cambia la fachada, y la casa, por dentro, tiene las mismas escaleras y las mismas habitaciones; se cambia la cubierta, se cambia el título, se cambian las orlas del frontispicio, los caracteres del texto, las iniciales de los capítulos, pero el libro narra siempre la misma historia, siempre, siempre, inexorablemente, implacablemente la misma vieja, aburrida, lamentable historia.
Yo ya estoy cansado de este tipo de cambios y de renovaciones. ¡También yo algunas veces he barrido cuidadosamente mi pobre alma! ¡Cuántas veces he dado un nuevo color a mi cerebro! ¡Cuántas veces he puesto orden en la confusión de mi corazón! Me he hecho vestidos nuevos, he viajado por países nuevos, he habitado en ciudades nuevas, pero siempre he sentido, en el fondo de mí mismo, algo que queda, que queda siempre, que soy yo, siempre yo mismo, que cambia de cara, de voz, de manera de andar, pero que permanece eternamente, como un guardián incansable e inflexible. A su alrededor desaparecen cosas, pero él no las recuerda; a su alrededor aparecen cosas, y él no retrocede...
Y ahora estoy cansado de vivir conmigo mismo, siempre. Hace veinticuatro años que vivo en compañía de mí mismo. Ahora basta: estoy definitivamente aburrido. ¿Aburrido solamente? ¡Ni soñarlo! Decid más bien que estoy disgustado, asqueado, nauseado de este mí mismo con el que he vivido veinticuatro años, uno detrás de otro.
Y yo creo, finalmente, que tengo derecho a dejarme. Cuando una casa ya no nos gusta, podemos mudarnos. Cuando un instrumento no nos sirve ya, lo arrojamos al agua. ¿Y acaso mi cuerpo no es una casa, ya sea cabaña o templo? ¿Acaso mi alma no es un instrumento, ya sea hoz o lira?
Sin embargo, no puedo mudarme de mi cuerpo y no puedo arrojar a un mar cualquiera mi alma. Cada vez que me aproximo a un espejo vuelvo a ver mi cara pálida y delgada, con mi boca entreabierta, como sedienta de viento o hambrienta de presas, con mis cabellos alborotados y volubles como los de un salvaje, con mis ojos color de estaño crepuscular, en medio de los cuales se abren las grandes pupilas negras como madrigueras de serpientes.
Y cada vez que paso revista a mi espíritu encuentro los queridos, pero habituales conocidos: rostros que sonríen con desesperada ternura, rostros que lloran con un poco de vergüenza, rostros misteriosos escondidos por mechones de cabellos demasiado negros, y a lo lejos ecos de melodías rossinianas y de argucias de Diderot, de sinfonías beethovenianas y de versos de Lapo Gianni, de arias de Scarlatti y de apotegmas de Berkeley, cadencias de flautas que acompañan el baile de frívolas mujeres blancas; chaparrones de órganos bajo grandes mosaicos de oro y de violeta, y procesiones de patricios con vestiduras moradas a través de grandes salas, vacías y poco iluminadas.
Y muchas otras cosas encuentro y reencuentro en el alma que quise tanto y que alimentaba con tanta abundancia y adornaba con tanto lujo. Pero sigue siendo mi alma: algo de lo que está todavía en ella, y nadie podrá hacer que nunca haya estado.
¿Quién me enseñará, pues, de todos estos hombres amantes del hogar y de las flores secas, a librarme de mi cuerpo y de mi alma? ¿Quién podrá hacer que yo no sea más que yo, y que me convierta en otro, de manera que ni siquiera recuerde lo que soy ahora? ¿Quién podrá, hombre o demonio, darme lo que pido con toda la desesperación de mi alma furiosa contra sí misma?
Un viejo demonio me ha sugerido, cojeando, un método viejo: matarme. Pero yo no tengo ninguna confianza en ese demonio. Lo conozco desde hace poco tiempo y tengo motivos para creer que está de acuerdo con los sepultureros y con los marmolistas, ya que lo he visto varias veces rodar por los cementerios. Y, por otra parte, ¿de qué me serviría? Yo no tengo ningunas ganas de aniquilarme, de no vivir. Yo quiero ser, pero quiero ser algo distinto; quiero seguir viviendo, pero vivir otra vida. No tengo ninguna simpatía por el suicidio. Nunca me ha gustado demasiado aquel pobre diablo de Werther que se mató por no haber encontrado una segunda muñeca rubia, y no me gustan en absoluto sus imitadores, los cuales, en general, son todavía más opresivos que aquel desgraciado sentimental de provincia alemana. Las pistolas, con sus cañones brillantes que se adelantan estúpidamente en el aire, me parecen inútiles como instrumentos de laboratorio; el veneno me fastidia incluso en las novelas inglesas de intriga italiana, y en cuanto al ahorcamiento, apenas si lo considero digno de los más andrajosos de mis enemigos.
No tengo, pues, ningún deseo de no ser, sino un desesperado y prepotente deseo de ser de otra manera, de ser otro. Y tengo también una desesperada voluntad de no ser lo que soy, porque yo soy de tal manera que quiero lo que nunca podré tener. Yo quiero no ser yo, porque sé que nunca podré no ser yo.
Heme aquí llegado al absurdo. Heme aquí llegado al momento en que nadie puede saber lo que digo y lo que quiero. Nadie sabrá nunca lo que hay en mí en estos pavorosos momentos. Nadie, lo que se dice nadie: ni siquiera el más fino, el más psicólogo, el más stendhaliano de mis demonios familiares.
Este está aquí a mi lado. Su cara está más roja, más hinchada que de costumbre, y bajo su casco de piel de lobo sus ojos entornados y astutísimos me miran con una tranquilidad embarazosa. Ha visto lo que escribo y ha sonreído varias veces con satisfacción indescriptible. Y ahora, en este momento, me dice con voz sarcásticamente acariciadora:
—Acuérdate, amigo, de aquel médico que buscaba la muía mientras cabalgaba sobre ella. Esta noche eres un poco como él. Buscas ser otro. Pero quien tiene un deseo que nadie tuvo está ya, ante todos los hombres, en el mejor camino para no ser lo que es. Y tú estás en este caso, excelente e inquieto amigo. Estás ya en el umbral de tu alma y acaso —¿quién sabe?—, acaso salgas de ella, si no te da demasiado miedo la oscuridad que hay fuera.
Y dichas estas palabras se ha ido con rápidos pasos, dejando en mi habitación como un vago olor a incienso.